Te Ganaste Dos – El Barquillo, El Barquillero Y La Ruleta Loca

Personaje de las playas de la Costa Argentina, y de Necochea en sí, el famoso barquillero, que con su ruleta te animaba a que la giraras para saber si te ganabas 1, 2 o más barquillos (previo pago obligado); resultando muchas veces en la pérdida miserable de las monedas que juntábamos. (Idea y Preproducción de Delleddone)

El barquillo, se hace a partir de una masa que se compone de agua, harina de trigo y edulcorante -miel o azúcar moreno-. Actualmente se comercializan productos industriales. Sin embargo, la elaboración artesanal antiguamente, fue muy habitual en nuestras playas. Para ello, el método más primitivo, empleaba dos planchas de hierro que semejaban unas tenazas, con un mango largo que evitaba quemarse al aproximarlas a una llama. Posteriormente, aparecieron las planchas eléctricas con la que por ejemplo, se elaboraban las obleas tipo heladería.


Espécimen en extinción vendiendo Barquillos y Pirulines!!

El barquillo se elabora con esto, pero estando aún caliente, esta lámina fina se puede moldear tomando al enfriar diferentes formas, a saber, cornete, cestita, vasito de galleta, forma fusiforme, parisiense, pañuelo, cubanito…

Al día de hoy, un rato de descanso panza arriba sobre la arena y la contemplación del paisaje, puede permitirnos una reacción espontánea, sentarnos de repente y preguntar: “¿Dónde están los barquilleros?”. Si esa pregunta la hacemos en voz alta y algún niño nos escucha, responderá con otra pregunta: “¿qué es un barquillero?”.

Todo muy lindo y característico, pero la duda inicial se mantiene. Así como Dolina se pregunta ‘¿dónde están las millones de bolitas que deberían existir si calculamos la cantidad de ellas que alguna vez tuvimos multiplicada por el número de niños que pasaron por estas latitudes en las últimas décadas?’, nosotros nos preguntamos: ‘¿Y los barquilleros?’. Y les respondemos a los niños: los barquilleros eran vendedores ambulantes exclusivos de la playa, que se vestían de blanco y cargaban sobre su espalda -a modo del bolso en que llevan sus palos los jugadores de golf- un cilindro de aluminio generalmente rojo, que en la parte superior -que hacía las veces de tapa- tenía una rudimentaria ruleta.

El barquillero, como su nombre lo indica, vendía barquillos, es decir, planchas de oblea del material con que se hacen los cucuruchos de helado o los cubanitos. O como nos explicaban en ese momento: cucuruchos sin enroscar. El barquillo tenía un precio determinado, pero el gran atractivo para los niños no era tanto el sabor del producto (que en realidad era como comer un helado vacío) sino el elemento lúdico que acompañaba su adquisición y que, sin dudas, significó el primer paso de muchos en el camino de la timba y el escolaso.

Parece que en España todavía existen. En Buenos Aires hace rato que no se los ve más. Hasta la década del 40, quizás algo de los 50 su presencia era habitual en las plazas, y luego, paulatinamente la especie se fue extinguiendo sin que ninguna asociación conservacionista denuncie su extinción, salvo en reductos semi estacionados en el tiempo de la costa atlántica donde aún subsisten algunos.

Enfundados en un largo guardapolvo y gorra gris, anunciaban su llegada haciendo sonar un triángulo de metal, para atraer la atención de la clientela menuda. No hacía falta, por cierto. Su presencia era detectada sin necesidad de aviso de ninguna índole.

Según parece, el nombre de barquillero y barquillo, proviene del hecho que los primeros productos- imaginamos que en España- tenían una forma curvada similar a la de un bote, y de ahí devino el característico nombre, y, lógicamente, quien vendía barquillos no podía ser otra cosa que barquillero.

En Buenos Aires, aún cuando persistía la denominación original, el diseño había sufrido modificaciones importantes, ignoramos si por afán de modernidad, o por simples cuestiones utilitarias. En efecto, el mítico barquillo original se había convertido en una redonda plancha de masa replegada sobre si misma, casi como un cartón doblado, y su superficie estaba marcada por una cuadrícula en relieve, sin duda producto del molde sobre el cual se cocinaba. Lamentablemente, la historia, tantas veces ingrata con los precursores, no ha registrado el nombre del innovador que introdujo esta nueva técnica, como tampoco el de quien imaginó la novedosa estratagema que impulsó considerablemente las ventas.

En efecto, la astucia de este ignorado talento de las finanzas, seguramente inspirado en la vieja máxima que nos aconseja unir lo útil con lo agradable, lo hizo avanzar un paso más allá, y en un rapto de genio, entrevió la clave del éxito: vinculó la nutrición con el juego.

El negocio funcionaba así. El niño pagaba un único precio, digamos 10 centavos, y con este sencillo requisito ya estaba en condiciones de participar. Dicha ruleta que oficiaba de tapa en vez de los números de las ruletas verdaderas, tenía espacios alternados numerados del 1 al 3. El reglamento de la casa era muy simple: el consumidor o jugador, como se prefiera, debía accionar el eje central que giraba adosado a una lengüeta larga, que finalmente se detenía en alguno de los casilleros mencionados.

Quien lograba el número 3 tenía, además de los tres barquillos, la satisfacción inenarrable del triunfador, seguramente similar a la de los legendarios jugadores que alguna vez lograron desbancar al Casino de Montecarlo; algo menos para quienes embocaban el 2 y el que sacaba el 1 quedaba conforme, porque al fin y al cabo, era el precio básico del barquillo. En suma, en última instancia nadie perdía, y todos se retiraban contentos a saborear el inefable barquillo y siempre se podía volver a tentar fortuna, si se contaba con el capital necesario. Algún moralista podría objetar que se estaba iniciando a la niñez en los escabrosos senderos del vicio al vincularlos a tan temprana edad con la compulsión del juego, pero no creemos que la desaparición de este personaje de las plazas porteñas se deba a una denuncia de esta índole. Simplemente se ha extinguido por el cambio de las costumbres, de los gustos, de la vida, en definitiva.



Y de vez en cuando, cuando llegan las horas del atardecer de un enero cálido, se escucha a través de las olas de la playa de Necochea a viva vos “Barquilooooooosssssss……”

Corran chicos!! Que ya quedan pocos barquillos!!

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