Tercer y último post del recital. Y hoy sí con mis compañeros de ciudad, una banda de necochenses contemporáneos a la cual seguimos con mi compañera de ruta desde hace mucho años. Y aunque al principio si no era en vivo no teníamos manera de disfrutarlos, la buenaventura de los años y de su trabajo la han hecho disponible en cualquier medio digital/musical que se precie.
Lo fantástico y que me chicanea en la nostalgia es que hemos compartido las mismas cosas, similares vivencias, se los siente como los vecinos de la vuelta. Muchas veces nos hemos de haber cruzado.
Volviendo al recital y sacudiéndome ese amanecer playero, la presentación de esta banda es, como mínimo hermosa. La puesta en escena, el sonido, las luces, el todo juega para dar un espectáculo a los sentidos. Cantar, saltar, llorar, gritar; emociones desbordantes como el rugido del mar. Y al final es eso, una marea de música.
Los hermanos Andersen y agregados (por Andrés y Julián) forman un septeto peculiar cuando menos, que hacen rock psicodélico y espacial, o por lo menos así están definidos. Sin embargo, pienso que están por fuera de esas latitudes, que tienen un rock con olor a mar, con el sonido del viento y el canto de las gaviotas.
Y se hechó a reir … como cuando era chica










